miércoles, 26 de octubre de 2011

CRÓNICA: TERREMOTO DE PERÚ DEL 2007

Era un día de agosto cualquiera. Estaba en casa de mi primo Ricardo, en su cuarto. Era de esos cuartos metaleros con foco rojo y paredes negras idéntico a un huayruro. Yo chateaba y escuchaba música mientras él, recostado en su cama, tocaba la guitarra. Ambos esperábamos el comienzo del programa Habacilar (quien lo conducía en ese entonces Raúl Romero) ya que unos amigos habían ido y querían que los viéramos. Mi primo movía el mueble de la computadora con sus pies al ritmo de la música y me incomodaba porque no me dejaba escribir.
-¡Deja de mover Ricardo! – le dije con voz enérgica.
-Ya, pero no te enojes – respondió imitando al chavo del ocho.

Una luz ámbar se dejaba ver por las ventanas entre abiertas, al mismo tiempo que empezaba el programa. Raúl Romero hacía su entrada peculiar en las pantallas. Estábamos ansiosos.

Empezaron los juegos del programa y  en eso siento que de nuevo se mueve el mueble y enfadado le grito:
- ¡Ricardo de mierda, deja de mover… - No logré terminar la frase. Estaba atónito. Sus pies estaban hacia la pared y el mueble solo se movía. Era un temblor. No le hicimos caso hasta que empezó a moverse fuertemente y la mayoría de los objetos que colgaban en el cuarto cayeron. Cuando salimos hacia la puerta logré capturar claramente dos situaciones. La primera fue que veía como los jóvenes que estaban en el programa Habacilar gritaban de desesperación pero, en buena hora, no hicieron desorden. La otra fue que en mi lista de contactos del Messenger, de la cantidad que estaban conectados, unos veinte aproximadamente, se redujeron en cuestión de segundos a tres, quienes eran personas de otros países.

Me había equivocado: era un terremoto. El primero que había presenciado en mi corta vida. En la casa solo estábamos los dos. Corrimos con todas nuestras fuerzas hacia la puerta principal. Nos detuvimos en el centro de la pista y empecé a capturar escenas.

La tierra se movía como si uno estuviera en un bus en marcha. La mayoría de los vecinos estaban, al igual que nosotros, en medio de la pista. Veía gente corriendo como si fuese un concurso de atletismo. Unos cuantos estaban arrodillados: rezaban. Otros no salían de su casa. Gente llorando como si hubiese fallecido algún familiar. Uno dijo claramente “es el fin del mundo, que Dios nos perdone”.

Mi primo me abrazó y nos pusimos a llorar porque también creíamos que ahí acabaría nuestras vidas. Nuestros familiares no estaban en ese momento con nosotros, al menos, para morir juntos.

Luces desprendían por el aire. Los postes tambaleaban como si fuesen de goma de mascar. Las lunas se quebraban desde las casas más altas. Todo era un caos. Mi mente seguía capturando imágenes aun con los fuertes dolores de cabeza que sentía. Me desmayé.

Desperté al minuto. La pista ya no se movía. Mi primo trataba de llevarme a la casa sin éxito. Oía las sirenas de las ambulancias. Los vecinos aun gritaban.

Entré en mí y con mi primo entramos a la casa. Fuimos directo al televisor para ver dónde había sido el terremoto.

Resulta que fue un terremoto que ocurrió en el sur del Perú, de una magnitud de 7.9 en la escala de Richter. Su duración fue de ciento setenta y cinco segundos aproximadamente a las 6:40:57 p.m. Su epicentro se localizó en las costas del centro del Perú a 40 kilómetros al oeste de Chincha Alta y a 150 Km. al suroeste de Lima.

Durante las primeras horas, las informaciones daban cuenta de 16 muertos y más de 200 heridos.

Tratamos de llamar a la mamá de mi primo. Intentamos 5 veces, sin embargo, no respondía. Al último intento contestó otra persona. Llamé a mi madre pero obtuvimos el mismo resultado. Nadie se comunicaba con nosotros. No se podía hablar ni por Messenger porque se caía la red. Todos los canales abordaban el mismo tema. Teníamos miedo a una replica de la misma magnitud. Sólo nos quedaba esperar afuera.

La primera persona que nos vino a ver fue mi primo Juan, a quien lo abrazamos como si no lo hubiésemos visto en años.

Pasaron los días y cada vez aumentaban las cifras de afectados hasta que finalmente se dio la final: 510 muertos, 1.500 heridos, 17.000 viviendas destruidas y 85.000 damnificados.

Las zonas más afectadas fueron las provincias de Pisco, Ica, Chincha, Cañete, Yauyos, Huaytará y Castrovirreyna. La magnitud destructiva del terremoto causó grandes daños a la infraestructura que proporciona los servicios básicos a la población, tales como agua y saneamiento, educación, salud y comunicaciones. Entre lugares turísticos dañados se encuentra las momias de los museos de Ica y Paracas, La histórica iglesia de San Luis de Cañete, parte de las formaciones rocosas conocidas como La Catedral y El Fraile, de la reserva Nacional de Paracas y la iglesia del Señor de Luren, de la cual milagrosamente la imagen, que lleva el mismo nombre, quedó intacta.

Los países vecinos y de otros continentes se unieron rápidamente a la causa. Se recaudó cerca de trescientas toneladas de elementos básicos como alimentos, medicamentos, carpas, frazadas, entre otros; provenientes de los países de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, San Salvador, España, México, Uruguay y Venezuela. Se hizo una donación total en dólares de no más de cuatro millones entre las organizaciones y países de Canadá, China, Estados Unidos, la OEA, la ONU y Taiwán. En euros hubo una donación aproximada de un millón quinientos mil entre los países de Francia, Italia y La Unión Europea. El gobierno de Japón donó 100 carpas familiares, 1000 frazadas y 1200 colchonetas y en Bolivia iniciaron el 20 de agosto la campaña de solidaridad "Bolivia y La Paz, contigo Perú" para ayudar a las víctimas.

Después de cuatro horas y media, llegaron mi madre y mi tía, quienes habían salido hacer unas compras y por el caos vehicular no pudieron llegar más temprano. Volvimos a llorar. Al día siguiente pudimos conversar con los familiares que viven en condominios pero gracias a Dios nadie salio lastimado.

Hoy en día el pueblo de Pisco se levanta poco a poco. Aun se registra que alrededor de cuarenta y ocho mil familias siguen viviendo en esteras, lo cual significa que después de cuatro años del temblor, avanzan a paso lento.

Fue una experiencia horrible y espero que nunca en mi vida se vuelva a repetir.

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